La Gran Ruptura

La guerra que casi destruyó a la humanidad.

El día que Eldran Veyr activó la Gema, la Barrera se agrietó. Los cielos se rasgaron en nueve heridas distintas. Y por primera vez en la historia, Gemoria comprendió que los otros mundos también existían, y que muchos de ellos venían con hambre.

Eldran no buscaba una guerra. Buscaba una respuesta. Cuando canalizó la Gema desde su torre en Vhen'Kor, no quiso abrir puertas: quiso escuchar. Pero la Gema, forjada por los Nueve Eternos, no distingue entre una pregunta y una invitación. Y aquello que respondió al otro lado no vino solo.

"Vimos el cielo abrirse en nueve grietas. Por una llovía fuego. Por otra caía silencio. Y por otra caminaban dragones." — Crónica del monje Selen, superviviente de Vhen'Kor

Los ejércitos de los otros mundos

Al principio fueron ecos. Sombras que se movían en la periferia, luces que parpadeaban donde no debía haberlas. Pero los portales se ensancharon, y por ellos comenzaron a marchar los habitantes de los otros reinos. Cada uno traía su propia manera de destruir.

De los cielos ardientes descendieron dragones del tamaño de fortalezas, capaces de arrasar un valle entero con una sola respiración. De las tierras profundas surgieron hordas de orcos, disciplinados y sedientos de conquista. De las montañas del rayo bajaron minotauros que combatían con hachas más grandes que un hombre. Del reino de la oscuridad se filtraron demonios que solo obedecían a la ruina. Y del reino de la luz, con belleza y sonrisas frías, llegaron los elfos, ofreciendo alianzas que costaban más que la derrota.

Cuatro ciudades caídas

La humanidad había levantado siete grandes ciudades, orgullosas herederas del legado del Corazón de los Mundos. En menos de una década, cuatro dejaron de existir. Aerhun, la capital del sur, ardió durante trece días seguidos bajo el aliento de un dragón anciano. Morvain, la ciudad de piedra blanca, fue engullida por una noche que no volvió a amanecer. Kalen'Dur se hundió en las profundidades cuando el suelo bajo sus torres se convirtió en agua. Threnhold fue arrasada por los demonios: no quedaron ni ruinas.

Los reinos humanos, hasta entonces enfrentados entre sí, comprendieron demasiado tarde que ninguna corona sobreviviría por separado. Se rompieron viejos pactos y se firmaron otros nuevos con sangre. Se abandonaron cosechas. Se enterraron reyes. Y el mundo, aquel que los Nueve Eternos habían forjado como el corazón de todos los reinos, quedó reducido a tres luces temblorosas en medio de un océano oscuro.

La Gran Ruptura

Los sobrevivientes bautizaron a aquella era con un nombre que jamás olvidarían: la Gran Ruptura. No solo porque los portales rompieron el velo entre los mundos, sino porque también rompieron algo dentro de la humanidad. La certeza de estar protegidos. La convicción de que la Barrera era un regalo, y no una cerradura echada por los propios Eternos.

Durante nueve años se combatió sin descanso. El sol se ocultaba durante meses. Ríos enteros se convertían en lava. Bosques crecían de la noche a la mañana y devoraban aldeas completas. Aún hoy, en muchos rincones de las Tierras Prohibidas, la Gran Ruptura no ha terminado del todo.

◈ ◆ ◈

Y sin embargo, en medio de aquella catástrofe, un hombre se levantó. Un rey que no venía a negociar. Un guerrero cuya espada respondía al maná como si fuera una extensión de su propia voluntad. Un hombre con la convicción de que la humanidad no había sido creada por los Nueve para arrodillarse.

Su nombre era Asthor, rey de Armania. Y su leyenda comenzaba justo ahí.

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